Los primeros momentos de la retirada fueron terribles; a Miramón le ahogaba la pesadumbre, causada, no por su derrota, que ésta la había previsto, sino por la infame traición de que fuera víctima.
Cuando estuvieron bastante lejos para no temer ser alcanzados por el enemigo, el presidente ordenó hacer alto para dar algún descanso a los caballos, y arrimado a un árbol, con los brazos cruzados encima del pecho y la cabeza caída, guardó un silencio lúgubre, que sus generales, inmóviles a su alrededor, no se atrevían a interrumpir.
D. Jaime avanzó, y deteniéndose a dos pasos del presidente, le dijo:
—General.
Al timbre de aquella voz amiga, Miramón levantó la cabeza y tendiendo la mano al aventurero, murmuró:
—¿Es V.? ¡Ah! ¿por qué me obstiné en no escuchar su consejo?
—Lo hecho, hecho está, general, repuso don Jaime; no hay que hablar más de ello; pero antes de abandonar este sitio, tiene V. que cumplir un deber, hacer un castigo ejemplar.
—¿Qué quiere V. decir? preguntó Miramón con extrañeza.
Los otros generales que se habían acercado estaban no menos sorprendidos que su jefe.
—¿Sabe V. por qué fuimos vencidos? preguntó el aventurero.