—No se requiere sino probar su identidad y luego hacerle ejecutar, añadió Cobos.
A una señal de D. Jaime, dos soldados condujeron a D. Melchor, atado codo con codo.
El hermano de doña Dolores de la Cruz, estaba pálido y descompuesto y llevaba el traje desgarrado y manchado de sangre y lodo.
Los oficiales se habían constituido en consejo de guerra bajo la presidencia del general Cobos.
—¿Cómo se llama V.? preguntó éste al reo.
—D. Melchor de la Cruz, respondió en voz sorda el joven.
—¿Confiesa V. haberse pasado al enemigo junto con los soldados que estaban a sus órdenes?
D. Melchor no respondió, pero se estremeció de píes a cabeza.
—Al tribunal le cabe el convencimiento de que este hombre es un traidor, dijo Cobos, ¿qué castigo merece?
—Él de los traidores, respondieron unánimemente los oficiales.