—Que le fusilen, dijo el general Cobos.

El reo fue conducido ante el frente de banderas y puesto de rodillas, y tras él y a seis pasos diez cabos formaron pelotón. Luego Cobos se acercó al que iban a ejecutar, y le dijo:

—Cobarde y traidor, eres indigno de la jerarquía a que te habían elevado; por lo tanto, en nombre de todos nuestros compañeros te declaro degradado y expulso de entre la gente de honor.

Un soldado arrancó entonces a D. Melchor las insignias de su grado y con ellas le cruzó el rostro.

A este insulto, el joven lanzó un rugido de tigre, tendió en torno de sí una mirada despavorida e hizo un movimiento para levantarse.

—¡Fuego! gritó el general Cobos.

Resonó una descarga, el reo dio una horrible voz de agonía y cayó boca abajo, revolcándose entre terribles convulsiones.

—¡Remátenle! dijo el presidente movido a compasión.

—No, repuso Cobos con aspereza; que muera como un perro; cuanto más padezca más completa será nuestra venganza.

Miramón hizo un gesto de disgusto y ordenó que tocasen botasillas.