Los fugitivos anudaron la marcha.

Sólo dos hombres habían permanecido cerca del infeliz, contemplándole como se retorcía a sus pies en medio de los más atroces padecimientos: el general Cobos y D. Jaime.

El cual se inclinó hasta el moribundo, le levantó la cabeza y obligándole a fijar en él su vidriosa mirada, le dijo en voz sorda:

—¡Parricida, traidor hacia tu patria y hacia tus hermanos, éstos son los que hoy se vengan; muere como quien eres y llévese tu alma el diablo; tu cuerpo, privado de sepultura, será pasto de las fieras!

—¡Misericordia! exclamó el desdichado cayendo de espaldas, ¡misericordia!

Una postrer convulsión sacudió el cuerpo del joven, sus crispadas facciones cobraron un aspecto horrible, lanzó un rugido y quedó inmóvil.

D. Jaime le empujó con el pie: estaba muerto.

—¡Uno! murmuró el aventurero subiéndose otra vez a caballo.

—¿Qué dice V.? preguntó Cobos.

—Nada, estaba echando una cuenta, respondió D. Jaime riéndose con zumba.