[XX]
CARA A CARA
Cuando Miramón llegó a Méjico, era ya pública la noticia de su derrota.
Entonces ocurrió un hecho singular: el clero y la aristocracia, a quienes Miramón había sostenido y defendido siempre, y la indiferencia y el egoísmo de los cuales sin embargo causaran la ruina y perdición de aquél, ahora deploraban la conducta que habían observado para con el único hombre capaz de salvarles.
Como en aquella hora suprema Miramón hubiese querido hacer un llamamiento a la población, ésta se habría agrupado inmediatamente en torno de él, facilitándole la organización de una vigorosa defensa.
A Miramón ni siquiera se le ocurrió tal pensamiento: disgustado del poder no aspiraba sino bajar de él y retirarse a la vida privada.
Apenas llegado a Méjico, lo que primero hizo el joven presidente fue reunir al cuerpo diplomático extranjero y rogar a los miembros del mismo que interpusieran su influjo para salvar a la ciudad, haciendo cesar un estado de guerra que no tenía ya razón de ser desde el instante que la capital estaba dispuesta a abrir sus puertas a las tropas federales sin disparar un tiro.
Sin pérdida de tiempo fue a entrevistarse con el general Ortega, para alcanzar una capitulación honrosa, una comisión compuesta de los representantes de Francia y España, del general Berriozábal el prisionero de Toluca, y del general Ayestarán, amigo particular de Miramón.
D. Antonio Cacerbar había ensayado unirse a la comisión expresada; y es que, sabedor del triste fin de su amigo Cruz, tenía el presentimiento de que le amagaba una suerte parecida; pero las puertas de la ciudad estaban cuidadosamente vigiladas, y nadie podía salir por ellas sin ir provisto de un pase refrendado por el jefe de plaza. Así pues, D. Antonio no tuvo más remedio que quedarse en la ciudad. Sin embargo, le hizo recobrar un tanto la esperanza una carta, en la cual le dejaban entrever la próxima realización de los proyectos que perseguía hacía tanto tiempo.