Ello no obstante, como D. Antonio Cacerbar era hombre muy precavido por haberle acostumbrado a estar siempre sobre aviso las sombrías maquinaciones a que se entregara durante toda su existencia, al par que permanecía en su casa, como a ello, le invitaban en la carta a que acabamos de hacer referencia, había convocado a ella a una docena de matones de los más desalmados y les había ocultado tras los tapices a fin de estar preparado a todo evento.
Esto sucedía el día mismo del regreso de Miramón a Méjico.
Poco más o menos a las nueve de la noche del mencionado día, D. Antonio estaba en su dormitorio, leyendo, o más bien dicho, ensayando leer, porque su atormentada conciencia no le dejaba la tranquilidad de ánimo necesaria para entregarse a tan inocente distracción, cuando oyó hablar bastante recio en la antesala. Cacerbar se levantó al punto y se encaminó hacia la puerta a fin de indagar la causa de tal ruido, pero no bien iba a abrirla cuando lo hizo otra mano y pareció en el dormitorio el ayuda de cámara de aquél, sirviendo de introductor a muchas personas, nueve en junto, seis hombres enmascarados y embozados en sarapes, y tres damas.
D. Antonio, al ver a los recién llegados experimentó un estremecimiento nervioso, pero rehaciéndose casi instantáneamente, permaneció en pie ante su mesa, probablemente aguardando a que uno de los desconocidos se decidiese a hacer uso de la palabra.
Esto fue lo que, en efecto, sucedió.
—Señor don Antonio, dijo uno de los enmascarados adelantando un paso, aquí le entrego a V. a doña María, duquesa de Tobar, su cuñada, a doña Carmen Tobar, su sobrina, y a doña Dolores de la Cruz.
Al oír estas palabras, pronunciadas con sangrienta ironía, don Antonio se echó atrás, palideció intensamente y en voz en la que se traslucía la emoción, repuso:
—No le entiendo a V.
—¿Conque no me conoce usted, don Horacio? dijo entonces doña María en voz suave; ¿por tal modo me ha desfigurado el dolor que le sea a V. posible negar que yo soy la desventurada esposa del hermano a quien V. asesinó?
—¿Qué significa esta comedia? exclamó don Antonio con arrebato; esta mujer ha perdido el juicio; y V., miserable, que se atreve a chancearse conmigo, váyase con cuidado.