Aquél a quien iban dirigidas estas palabras contestó con una sonrisa de desprecio, y levantando la voz, dijo:
—¿Quiere V. testigos de lo que va a pasar aquí, caballero? ¿Le parece que todavía no somos bastantes para oír lo que va a decirse aquí? Perfectamente: salgan Vds. de sus escondites, señores, y Vds., caballeros, acérquense.
Al mismo tiempo se levantaron los tapices y se abrieron las puertas y unas veinte personas penetraron en el dormitorio.
—¡Ah! ha llamado V. testigos, profirió don Antonio con acento zumbón; pues bien, caiga sobre su cabeza de V. la sangre que aquí va a derramarse.
Y volviéndose hacia los hombres que tras él permanecían inmóviles, les dijo en voz de trueno, al mismo tiempo que se apoderaba de dos revólveres de seis tiros que estaban sobre una mesa situada al alcance de su mano.
—¡Maten Vds. como perros a esos canallas!
Pero nadie se movió.
—¡Quítense todos las máscaras! dijo el personaje que hasta entonces había hablado; ya son inútiles; a ese hombre debemos hablarle a rostro descubierto.
Y arrojando la carátula que le cubría el semblante, sus compañeros le imitaron.
El lector los ha conocido ya: eran don Jaime, Domingo, el conde del Saulay, León Carral, don Diego y el ranchero Loick.