—Ahora, señor, dijo don Jaime, despójese V. de su nombre postizo como nosotros nos hemos despojado de nuestras máscaras. ¿Me conoce usted? soy don Jaime de Vivar, el hermano de su cuñada; veintidós años hace le sigo a V. paso a paso, señor don Horacio de Tobar, espiando todos los de V. y buscando la venganza que Dios me concede al fin, grande y cabal como yo la soñara.
Don Horacio levantó orgullosamente la cabeza, y dirigiendo una mirada de soberano desdén a don Jaime, replicó:
—Y diga V., mi noble cuñado, porque como usted desea renuncio a fingir y consiento en conocerle, ¿qué venganza es esa tan grande y cabal que ha conseguido después de veintidós años? ¿la de obligarme a que yo mismo me dé la muerte? ¡Vaya un provecho! ¿Acaso no está siempre pronto a morir un hombre de mi temple? ¿Qué más puede V.? nada; suponiendo que yo ruede aquí por el suelo, a sus pies, me llevaré conmigo a la tumba el secreto de esa venganza. Secreto que V. ni siquiera sospecha, y cuyos beneficios los reporto yo por completo, porque al morir le legaré una desesperación más profunda que la que en una noche encaneció los cabellos de su hermana.
—Desengáñese V., don Horacio, arguyó don Jaime; esos secretos que V. supone tan ocultos, los conozco todos, y en cuanto a matarle, esta consideración es secundaria en mi plan de venganza; le mataré a V., sí, pero por mano del verdugo, porque ha de saber que morirá V. deshonrado, de muerte infamatoria, en una palabra, de garrote vil.
—¡Mientes, canalla! exclamó don Horacio con rugido de bestia fiera; ¡yo, yo, el duque de Tobar! ¡noble como el rey! ¡yo, perteneciente a una de las más encumbradas y antiguas familias de España! ¡yo morir agarrotado! El odio te trastorna el juicio, estás loco; en Méjico hay un embajador de S. M.
—Sí, replicó don Jaime, pero ese embajador te abandona a todo el rigor de las leyes mejicanas.
—¿Quién, él, mi amigo, mi protector, él que me presentó al presidente Miramón? Esto no es verdad, no puede serlo. Además, soy extranjero y nada tengo que temer de las leyes de esta nación.
—Sí, un extranjero que en Méjico se ha puesto al servicio de un gobierno para venderlo en provecho de otro; la carta que con tanta instancia pedías al coronel don Felipe y que éste no quiso vendértela, me la dio a mí de balde, y las para ti tan comprometedoras cartas que te robaron en Puebla, gracias a don Esteban, a quien no conoces a pesar de ser primo tuyo, en este instante las tiene Juárez. Ya ves pues que por este lado estás irremisiblemente perdido. Por último, tu más precioso secreto, el secreto que tan bien guardado crees, también lo poseo yo: conozco la existencia del hermano gemelo de doña Carmen, y además sé donde está y si quiero puedo hacerle parecer de improviso a tu presencia: mira, aquí está el hombre a quien vendiste tu sobrino, añadió don Jaime designando a Loick, que estaba inmóvil a su lado.
—¡Oh! murmuró el cuñado de doña María, dejándose caer en una butaca y retorciéndose las manos con desesperación, estoy perdido.
—Irremisiblemente perdido, don Horacio, profirió don Jaime con desprecio, pues ni aun la muerte puede salvarte de la deshonra.