—Hable V., por Dios, dijo doña María acercándose a su cuñado; ¿verdad que no me he engañado? ¿que lo que don Jaime me dijo es cierto? en una palabra, ¿que tengo un hijo y que ese hijo es el hermano gemelo de doña Carmen?

—Sí, murmuró don Horacio en voz apagada.

—¡Bendito seas, Dios mío! exclamó doña María con expresión de gozo inefable; pero V. sabe dónde está mi hijo y va a restituírmelo ¿no es verdad? por favor, piense V. que no le he visto nunca y que necesito de sus caricias. ¿Dónde está? dígamelo V.

—¿Dónde está?

—Sí.

—No lo sé, respondió fríamente don Horacio.

La desventurada madre se dejó caer en un asiento y ocultó la cabeza entre las manos.

—¡Ánimo, hermana mía! la dijo don Jaime acercándose a ella.

Por espacio de algunos segundos reinó un silencio fúnebre; en aquel aposento donde se hallaban reunidas tantas personas no se oía más ruido que el de las silbantes respiraciones y el de los ahogados sollozos de doña María y de las dos jóvenes.

—Mí noble cuñado, dijo don Horacio avanzando un paso y en voz firme no exenta de grandeza, hágame V. el favor de rogar a esos caballeros que se retiren a una de las piezas contiguas; deseo hablar a solas con V. y mi cuñada.