—Amigo mío, dijo don Jaime al conde del Saulay, tenga V. la amabilidad de conducir a esas señoritas al salón inmediato.

El conde ofreció la mano a las jóvenes y salió sin proferir palabra, seguido de todos los circunstantes, que a una señal de don Jaime se retiraron silenciosamente.

Únicamente se quedó Domingo, el cual, fijando una mirada de fuego en don Horacio, dijo:

—Como ignoro lo que va a pasar aquí y temo una asechanza, no salgo hasta que expresamente me lo mande don Jaime, pues mi deber es defenderle; hijo adoptivo suyo soy y él es quien me ha educado.

—Puede V. quedarse, señor, profirió don Horacio sonriendo con tristeza, casi pertenece usted a nuestra familia.

—Cuñado, dijo entonces don Jaime, el hijo que V. arrebató a mi hermana, el heredero de los duques de Tobar a quien V. creía perdido, yo lo salvé. Domingo, abraza a tu madre; María, éste es tu hijo.

—¡Madre mía! exclamó el joven arrojándose en brazos de la hermana de don Jaime, ¡madre mía!

—¡Hijo mío! murmuró doña María en voz desfallecida y cayendo sin sentido en brazos del hijo a quien acababa de encontrar.

Fuerte contra el dolor, como todas las naturalezas privilegiadas, el gozo la había vencido.

Domingo levantó a su madre en sus robustos brazos y la colocó en una silla larga; luego, con el ceño fruncido, los ojos preñados de ira y oprimidos los labios, avanzó lentamente hacia don Horacio.