El cual, lleno de terror, con la mirada fija y la frente cubierta de palidez, le veía venir, retrocediendo a compás que el joven iba avanzando, hasta que por fin tocó de espaldas en la pared y se vio obligado a detenerse.

—¡Asesino de mi padre! ¡verdugo de mi madre! exclamó Domingo con acento terrible, infame y canalla, ¡maldito seas!

Ante tal anatema, don Horacio doblegó la cabeza; pero irguiéndose al punto, dijo:

—Dios es justo; mi castigo empieza; yo sabía que mi sobrino vivía; a fuerza de pesquisas había concluido por conocer el paradero de aquel a quien vendí el niño al nacer y que se encubre con el nombre de Loick...

—Sí, repuso don Jaime, y ese Loick a quien la miseria indujera al crimen, arrepentido de su falta me lo devolvió a mí.

—Es cierto, dijo don Horacio con acento entrecortado; ese joven es realmente mi sobrino; tienes las facciones y la voz de mi desventurado hermano.

Don Horacio se cubrió el rostro con las manos; pero rehaciéndose luego, continuó:

—Hermano mío, V. posee casi todas las pruebas de los horribles crímenes que he cometido; y acercándose a un mueble y rompiéndolo, sacó de él un mazo de papeles, que entregó a don Jaime, diciéndole: Aquí tiene V. las que le faltan. Tal vez inconscientemente había ya penetrado en mi corazón el arrepentimiento. Tome V., éste es mi testamento; en él nombro a mí sobrino mi heredero universal, fijando sus derechos de una manera indiscutible; pero no debe ser manchado el apellido de Tobar. Por usted, por su sobrino, cuyo apellido es el mío, no ejecute V. la cruel venganza que ha preparado contra mí; por mi honor, por la honra inmaculada de mis antepasados, le juro que alcanzará V. satisfacción cumplida de los crímenes que cometí y de la amarga existencia a que he condenado a mi cuñada.

Don Jaime y Domingo permanecieron sombríos y silenciosos.

—¿Se negarían Vds. a escucharme? ¿Por ventura no les movería yo a compasión? exclamó don Horacio con ansiedad.