En este momento doña María se levantó de la silla en la que su hijo la colocara, avanzó lenta y automáticamente hacía su cuñado, se interpuso entre éste, su hermano y su hijo, y tendiendo con ademán majestuoso el brazo, dijo en voz impregnada de suavidad inefable:

—Hermano de mi marido, la venganza no pertenece sino a Dios. En nombre de aquél a quien tanto amé y al que su crueldad de V. me arrebató, le perdono los atroces tormentos que me ocasionó y los dolores indecibles a que me condenó por espacio de veintidós años, con todo y ser yo una mujer desventurada e inocente. Le perdono a V., sí, y ojalá Dios le mire a V. con misericordia.

—Es V. una santa, profirió don Horacio cayendo de rodillas; no merezco perdón, lo sé; pero en cuanto dependa de mí y haciendo sacrificio de mi vida, procuraré rescatar los crímenes que cometí.

En pronunciando estas palabras, don Horacio se levantó e hizo ademán de querer besar la mano a doña María; pero ésta retrocedió con gesto de horror.

—Es justo, murmuró con acento triste el despreciado, soy indigno de tocarla a V.

—No, repuso doña María, desde el instante que el arrepentimiento entró en su corazón, no lo es V.

Y tendiendo la dama la mano y volviendo el rostro, don Horacio imprimió en ella un respetuoso beso.

—¿Sólo Vds. van a ser implacables? dijo luego éste con tristeza y dirigiéndose a don Jaime y a Domingo, que permanecían inmóviles.

—Ya no nos queda el derecho de castigar, respondió en voz sorda el aventurero.

Domingo bajó la cabeza guardando un silencio huraño, al ver lo cual doña María se le acercó y le asió suavemente el brazo.