—¿Qué quiere V., madre? preguntó el joven estremeciéndose.
—Yo perdoné a ese hombre, le respondió la buena mujer en voz dulce como una súplica.
—Madre, repuso Domingo con acento de odio implacable, al maldecir yo a ese hombre, mi padre habló por mi boca, y desde el fondo de la ensangrentada tumba donde le tendió ese infame, me dictó la maldición, que quedará impresa en él como estigma indeleble. ¡Ah! Dios va a preguntar a ese asesino lo que al primer fratricida: Caín, ¿qué has hecho de tu hermano Abel?
Al oír estas palabras, pronunciadas con acento terrible, don Horacio cayó desplomado al suelo.
Don Jaime y doña María se habían alejado de él con horror.
Por espacio de largos minutos permaneció don Horacio tendido en el suelo, sin que los circunstantes hiciesen movimiento alguno para socorrerle. Sin embargo, doña María, dando rienda a los impulsos caritativos de su corazón, hizo por fin un movimiento como para acercarse a su cuñado.
—Deténgase V., madre, le dijo el joven; no toque V. a ese infame; su contacto la mancharía.
—¡Le perdoné! repuso en voz débil la dama.
Don Horacio, que poco a poco había ido recobrando los sentidos, se levantó lentamente, con las facciones espantosamente contraídas y llevando impresa en ellas una resolución singular.
—Usted lo exige, dijo volviéndose hacia Domingo; enhorabuena, la reparación será ruidosa.