Y registrando el cajón de una papelera cuya cerradura había abierto valiéndose de una llave que pendiente de una cadenita de oro llevaba al cuello, don Horacio tomó algo que nadie pudo ver, volvió a cerrar el cajón, se encaminó con paso firme hacia la puerta, la abrió de par en par y dijo en voz estridente:

—Entren Vds., caballeros.

En un instante la sala se llenó de gente; únicamente y a una seña de don Jaime, el conde del Saulay y don Esteban se habían quedado en el salón en compañía de doña Dolores y de doña Carmen.

Don Jaime se acercó entonces a su hermana, y ofreciéndole el brazo, dijo:

—Venga V., María, esta escena la está matando; ahora que perdonó V. a ese hombre, debe no permanecer aquí por más tiempo.

Doña María resistió apenas a la invitación de su hermano, el cual la condujo al salón, volvió a entrar inmediatamente y cerró la puerta.

A poco se oyó el rodar de un coche; eran las tres damas que, acompañadas del conde, se volvían a su casa.

Casi a compás resonó choque de armas en el salón.

—¿Qué es eso? preguntó don Horacio con gesto de inquietud.

Se oyó el ruido de pasos de mucha gente, la puerta se abrió de par en par y con estrépito y en el umbral de ella aparecieron multitud de soldados a cuyo frente iba el gobernador de la ciudad, el alcalde mayor y muchos corchetes.