—En nombre de la ley, dijo el gobernador en voz lacónica, es V. mi prisionero, don Antonio Cacerbar; corchetes, apodérense Vds. de este hombre.

—Don Antonio Cacerbar ha dejado de existir, dijo don Jaime interponiéndose con viveza entre los agentes de policía y su cuñado.

—Gracias, profirió éste, gracias por haber salvado la limpieza de mi apellido.

Y volviéndose a los recién llegados, y señalando a Domingo, que permanecía inmóvil, añadió en voz levantada:

—Señores, aquí tienen Vds. al duque de Tobar; yo soy un gran culpado; suplicad a Dios que me perdone.

—Ea, corchetes, exclamó el gobernador, apodérense Vds. de este hombre.

—Vengan por mí, dijo don Horacio llevándose prestamente la mano a la boca.

De improviso el cuñado de doña María palideció, se tambaleó como un borracho y dio consigo en tierra sin proferir un ay. Estaba muerto.

Don Horacio se había envenenado.

—Señores, dijo entonces don Jaime al gobernador y al alcalde mayor, su cometido de ustedes termina ante la muerte del culpado; desde este instante el cadáver de éste pertenece a su familia. Háganme el favor de retirarse.