—Dios perdone a ese desdichado su último crimen, profirió el gobernador; nada nos queda ya que hacer aquí.

Y después de haber saludado ceremoniosamente, el gobernador se salió de la sala y de la casa acompañado de su séquito.

—Señores, dijo entonces don Jaime en voz triste y dirigiéndose a los circunstantes, aterrorizados ante el desenlace singular y rápido de aquella escena, roguemos por el alma de ese gran culpado.

Todos se arrodillaron, excepto Domingo, que permaneció en pie, sombrío y con los ojos ardientemente fijos en el cadáver.

—Domingo, le dijo suavemente su tío, ¿llevas tu odio más allá de la tumba?

—¡Sí! exclamó el joven con acento terrible; ¡sí! ¡maldito sea por los siglos de los siglos!

Los circunstantes se levantaron con espanto; aquel anatema fulminante había helado la oración en sus labios.


[XXI]

EPÍLOGO