EL HACHA

Ínterin, los acontecimientos políticos se desenvolvían con rapidez fatal.

La diputación enviada a conferenciar con el general Ortega había regresado a Méjico sin haber conseguido capitulación alguna, y la situación se hacía más crítica por momentos.

En semejantes circunstancias el general Miramón dio pruebas de una abnegación suma: no queriendo comprometer más a la ciudad de Méjico, resolvió abandonarla aquella misma noche.

Entonces se encaminó a las casas consistoriales y propuso al ayuntamiento que nombrase un presidente o un alcalde interino que por sus relaciones anteriores con el partido victorioso estuviese en estado de salvar la ciudad y de mantener en ella el orden.

El ayuntamiento se dirigió en corporación al general Berriozábal, quien aceptó generosamente tan difícil cometido, siendo primer cuidado de éste rogar al cuerpo diplomático extranjero que armase a sus nacionales, para sustituir por ellos a la desorganizada policía y velar por la seguridad de la población.

Miramón, entre tanto, lo disponía todo para su partida; pero no pudiendo llevarse consigo a su mujer y a sus hijos en una huida cuyas peripecias corrían riesgo de ser sangrientas, resolvió confiar aquellos seres, para él tan queridos, a la embajada de España, donde los recibieron con todas las consideraciones debidas a su deplorable situación.

Como hubiese querido, Miramón podía haberse alejado sin tener nada que temer de los partidarios de Juárez, pues naturalmente simpático, si le miraban algunos como adversario político, nadie le odiaba como enemigo personal.

Repetidas veces habían propuesto a Miramón el dejarle huir solo; pero éste, con la delicadeza caballeresca que constituía una de las cualidades más culminantes de su carácter, se negó aceptar tales proposiciones, no queriendo como no quería abandonar en el último momento a ciertas personas que en pro de él combatieran y se habían comprometido por su causa, al odio implacable de sus enemigos, sentimiento noble, conducta generosa que sus adversarios mismos no pudieron menos de admirar.

Don Jaime pasó parte del día al lado del general, esforzándose en consolarle y ayudándole a reunir en torno de él los dispersados restos, no diremos de su ejército, pues éste había dejado de existir, sino de los diferentes cuerpos que aún estaban indecisos respecto de la causa a cuyo favor se inclinarían.