El conde del Saulay y el duque de Tobar, que así llamaremos a Domingo desde este instante, después de haber pasado la noche en compañía de las damas y hablado con ellas de los singulares acontecimientos del precedente día, se habían despedido de ellas, algo inquietos por la prolongada ausencia de don Jaime, a causa de la confusión que en aquellos momentos reinaba en la ciudad; pero no bien acababan de entrar en su casa y se disponían a entregarse al descanso, cuando Raimbaut, el criado del conde, les anunció a López, el cual se presentó poco después armado de punta en blanco.
—¡Caramba! dijo el duque al verle, vaya un arsenal trae V. consigo, amigo López.
—¿Tiene V. que comunicarnos algo? preguntó el conde.
—Nada más que esto; Dos y uno hacen tres.
—¡Vive Dios! exclamaron a una los dos jóvenes levantándose espontáneamente. ¿Qué hay que hacer?
—Armarse Vds. y sus criados, dar orden de que ensillen los caballos y aguardar.
—¿Así pues ocurren novedades? preguntó el duque.
—Lo ignoro, señor, mi amo se lo dirá a V.
—¿Va a venir?
—Antes de una hora estará presente; me dio orden de que me quedase aquí con Vds.