—Si no recuerdo mal me dijo que hacía poco había llegado a Veracruz y que se dirigía a Méjico, cuando prontamente se vio atacado y robado por individuos a quienes no pudo reconocer.
—¿Nada más te dijo respecto de su nombre y de su representación social?
—Ni una palabra.
El aventurero pareció reflexionar por un instante, y luego repuso:
—Escucha y no des torcida interpretación a lo que voy a decirte.
—De boca de V. lo escucho todo, señor, pues le cabe derecho a decírmelo todo.
—Está bien. ¿Te acuerdas de qué modo nos conocimos?
—Sí, señor; entonces era yo un muchacho ruin, que muerto de hambre y de miseria vagaba por las calles de Méjico; V. se compadeció de mí, y no sólo me vistió y me alimentó, sino que me enseñó a leer, escribir y a calcular y qué sé yo cuántas cosas más.
—Prosigue.
—Luego me hizo V. encontrar de nuevo a mis padres, o a lo menos a las personas que me educaron y que a falta de otros he considerado toda mi vida como si perteneciesen a mi familia.