—¿Qué más?

—¡Caramba! eso lo sabe V. tan bien como yo.

—Puede, pero quiero que me lo repitas.

—Como guste: un día que vino V. al rancho, se me llevó consigo y me condujo a la Sonora y a Tejas, donde cazamos el bisonte; dos o tres años después me hizo V. adoptar por una tribu comanche, y se separó de mí ordenándome que me quedase en las praderas y me dedicase a la vida de batidor de bosques hasta tanto no me comunicase la orden de reunirme a V. de nuevo.

—Perfectamente, veo que tienes buena memoria; continúa.

—Obedeciéndole a V., permanecí entre los indios, cazando y viviendo con ellos, hasta que hace seis meses llegó V. a orillas del Gila, donde me encontraba yo entonces, y me dijo que venía por mí y que le siguiese, lo que hice sin pedir explicación alguna, pues perteneciéndole como le pertenezco, en cuerpo y alma, para nada la necesitaba.

—Continúas sustentando el mismo modo de pensar.

—¿Por qué lo contrario? ¿acaso no es V. mi único amigo?

—Gracias; ¿estás pues resuelto a obedecerme a ciegas?

—Sin vacilar, se lo juro a V.