—Esto es lo que yo quería saber; ahora escúchame a tu vez: el hombre a quien auxiliaste tan neciamente, y dispénsame la expresión, no te dijo palabra de verdad. Lo que te contó no es sino un tejido de imposturas, pues no es cierto que solamente hace algunos días llegó a Veracruz, ni que se encaminaba a Méjico, ni en fin, que le hayan atacado y robado desconocidos. A ese hombre yo le conozco; hace ocho meses que se encuentra en Méjico, vive en Puebla, y fue condenado a muerte por quienes tenían derecho a juzgarle y a los cuales él conoce perfectamente; no fue atacado por sorpresa, sino que le pusieron una espada en la mano y dejándole la facultad de defenderse, facultad de la que se aprovechó, cayendo herido en duelo leal; y por último, no le robaron cosa alguna porque no se las hubo con salteadores, sino con hombres honrados.
—¡Oh! ¡oh! profirió el joven, esto cambia de especie.
—Ahora respóndeme: ¿has contraído para con él compromiso alguno?
—¿Qué entiende V. por compromiso?
—Cuando ese hombre volvió en sí y recobró el uso de la palabra ¿imploró tu protección?
—Sí, señor.
—¿Y qué le respondiste tú?
—¡Caramba! ya comprenderá V. que me era dificilillo abandonar al infeliz en el estado en que se encontraba, máxime después de lo que por él había hecho.
—Bien, bien, ¿y entonces?
—Entonces le prometí salvarle.