—¿Sabe V. que no le comprendo pizca?

—Pues entiende que en tu buena acción no has estado feliz.

—¿Por qué?

—Porque el hombre a quien socorriste y al cual prodigaste tan solícitos cuidados es tu mortal enemigo.

—¿Ese hombre mi enemigo mortal? exclamó el joven entre dudoso y admirado; pero si no nos conocemos.

—¡Pobre amigo mío! tú lo supones; pero quépale la seguridad de que no me equivoco y de que te digo verdad.

—¡Es singular!

—Muy singular, en efecto, pero es como acabas de oír; más te diré, el hombre ese es tu enemigo más peligroso.

—¿Qué hacer pues?

—Dejarme que obre; esta mañana me fui al rancho con la intención de decirte que uno de tus enemigos, el más terrible de todos, estaba muerto; pero tú mismo cuidaste de hacerme quedar mentiroso. ¡Bah! quizá valga más que haya sucedido así; Dios hace bien las cosas, sus designios son inescrutables y no nos cabe sino humillar la frente ante la manifestación de su voluntad.