—¿Así pues V. intenta...?

—Confiar la vigilancia del enfermo a López; éste se quedará en el subterráneo, donde se le prodigará toda clase de cuidados. Tú no volverás a ver al herido, porque en lo presente a lo menos, es inútil que entabléis más amplio conocimiento. Ahora a mi vez te doy palabra de que el hombre ese recibirá todos los cuidados que su estado exige.

—Me conformo con lo que V. disponga, repuso Domingo; ¿pero y en cuanto el herido esté sano, qué vamos a hacer?

—Como no es nuestro prisionero, le dejaremos que se vaya tranquilamente. No temas, ya daremos con él fácilmente cuando sea necesario. ¡Ah! se me olvidaba decirte que nadie del rancho debe bajar al subterráneo y hablar con el herido.

—Ya se lo advertirá V. mismo; yo no me encargo de semejante comisión.

—Bien está, se lo advertiré yo mismo; por lo demás, tampoco yo lo veré. Solamente López quedará encargado de él.

—¿Tiene V. algo más que comunicarme?

—Sí, que te vienes conmigo por algunos días.

—¿Vamos muy lejos?

—Ya lo verás; ínterin súbete al rancho y prepara cuanto te sea menester para el viaje.