—Estoy presto, repuso Domingo.
—Tú lo estarás, pero no yo, tengo que comunicar algunas órdenes a López respecto del herido.
—Es verdad; además, es menester que me despida de mi familia.
—Obrarás cuerdamente, porque es probable que tu ausencia sea bastante larga.
—Comprendo, vamos a efectuar una gran cacería.
—A cazar sí vamos, dijo el aventurero con equívoca sonrisa, pero no del modo que tú supones.
—Lo mismo me da; cazaré como a V. le acomode.
—Con ello cuento. ¡Ea! vente, hemos perdido ya sobrado tiempo.
Domingo y Oliverio se encaminaron hacia la colina, llegados a la cual éste entró en el subterráneo y el primero subió al rancho.
Loick y las dos mujeres estaban aguardando al joven en la plataforma, llenos de curiosidad y afanosos por saber el resultado de la larga conversación que éste sostuviera con Oliverio; pero Domingo, que había vivido demasiado tiempo en el desierto para dejar transparentar la verdad cuando le convenía ocultarla, estuvo impenetrable. Todas cuantas preguntas le dirigieron fueron inútiles; no respondió sino con evasivas; así es que su padre y las dos mujeres, perdida la esperanza de hacerle hablar, resolvieron dejarle en paz y que almorzara a sus anchas.