Domingo, que realmente sentía hambre, se asió de este pretexto para dar otro sesgo a la conversación, y entre bocado y bocado anunció su partida.

Loick no hizo objeción alguna, pues estaba acostumbrado a tales inopinadas ausencias.

Poco más o menos media hora después Oliverio penetró en el rancho.

Domingo, al verle, se levantó y se despidió de su familia.

—¿Se lo lleva V.? preguntó Loick.

—Sí, respondió Oliverio, nos vamos por algunos días a la Tierra Caliente.

—Miren lo que hacen, dijo Luisa con zozobra, ya saben Vds. que las guerrillas de Juárez infestan el campo.

—Nada temas, hermanita, profirió el joven abrazándola, seremos prudentes; voy a traerte el corte de fular que tanto tiempo hace te prometí.

—Preferiría que te quedaras, repuso con tristeza la joven.

—Ea, dijo en voz alegre el aventurero, estén ustedes tranquilos, se lo devolveré sano y salvo.