Al parecer los habitantes del rancho tenían grandísima confianza en Oliverio, porque no bien éste les hubo dado tales seguridades, se sosegaron y se despidieron de los dos hombres sin demostrar honda pesadumbre.

Oliverio y Domingo se salieron del rancho, descendieron al valle y se subieron sobre sendos caballos que completamente ensillados y arrendados a un liquidámbar les estaban aguardando.

Después de dirigir un postrer adiós a los habitantes del rancho agrupados en la plataforma, ambos se alejaron al galope, a campo atravieso, en demanda de la carretera de Veracruz.

—¿Conque nos dirigimos a la Tierra Caliente? preguntó Domingo mientras galopaba mano a mano con su compañero.

—No tan lejos, respondió Oliverio; te conduzco a algunas leguas de aquí, a una hacienda en que espero hacerte trabar una nueva amistad.

—Poco cuidado me dan las nuevas amistades.

—Ésta va a serte muy útil.

—Así es distinto. Le confieso a V. que los mejicanos no me son muy simpáticos.

—La persona a quien van a presentarte es francesa.

—Ya varía completamente; ¿pero por qué dijo V. van a presentarme? ¿Acaso no lo hará usted directamente?