—Muy bien pensado, ¡por vida mía! Así ha permanecido V. expuesta a las groserías y al mal trato del primer tuno a quien se le antojase insultarla.
—No creí que hubiese peligro.
—¿Supongo que ahora estará V. ya desengañada?
—¡Oh! dijo Carmela haciendo un movimiento de terror, juro a V. que no me volverá a suceder.
—Muy bien; pero me parece que oigo los pasos de Lanzi.
La joven se asomó a la puerta y dijo:
—Sí, ahí viene.
En efecto, en aquel momento entró el hombre de quien habían hablado.
Era un individuo de unos cuarenta años, de fisonomía inteligente y audaz; llevaba sobre sus hombros un magnífico gamo atado, sobre poco más o menos, del mismo modo que los cazadores suizos acostumbran a llevar las gamuzas. Su mano derecha empuñaba una escopeta.
Hizo un gesto de disgusto al ver al Jaguar; sin embargo le saludó y puso su gamo encima de la mesa.