En aquel momento, un rugido ronco que se parecía algún tanto al maullido lastimero de un gato, turbó el silencio profundo del desierto.
—He ahí su primera voz de alarma, dijo Quoniam.
—Todavía está lejos.
—¡Oh! No tardará en acercarse.
—Todavía no; no es a nosotros a quienes quiere atacar en este momento.
—¡Calle! ¿Pues a quién?
—¡Escuche V.!
En aquel momento resonó a poca distancia un grito semejante al primero, pero que procedía del lado opuesto.
—¡Cuando yo decía que estaba apareado! repuso pacíficamente el canadiense.
—Yo no lo ponía en duda. Si V. no conoce las costumbres de los tigres, ¿quién va a saberlas?