El pobre potro se había levantado y todo su cuerpo temblaba; medio muerto de miedo, con la cabeza oculta entre sus patas delanteras, se mantenía firme sobre sus cuatro remos lanzando una especie de quejido.
—¡Pobre animal inocente! dijo Quoniam, comprende que está perdido.
—Espero que no.
—El jaguar le ahogará.
—Sí, si no le matamos antes.
—Confieso a V., dijo el negro, que me alegraría mucho de que ese desgraciado potro pudiese librarse.
—Se librará, dijo el cazador; le he escogido para Carmela.
—¡Bah! Entonces ¿para qué le ha traído V. aquí?
—Para acostumbrarle al tigre.
—¡Calle! Es buena idea esa; entonces ¿no tengo yo que cuidarme de ese lado?