—No; piense V. tan solo en el jaguar que ha de venir por su derecha, que yo me encargo del otro.

—Queda convenido.

Casi al mismo tiempo resonaron otros dos rugidos más poderosos.

—Tiene sed, observó Tranquilo; se despierta su cólera y comienza a acercarse.

—¡Bueno! ¿Debernos prepararnos ya?

—Aguarde V. todavía, que nuestros enemigos vacilan; aún no han llegado al parasismo de la rabia que les hace olvidar toda prudencia.

El negro que se había levantado volvió a sentarse filosóficamente.

Así trascurrieron algunos minutos. De vez en cuando, una ráfaga de viento nocturno, cargada de rumores vacilantes, pasaba como un torbellino por encima de las cabezas de los cazadores y se perdía a lo lejos como un suspiro.

Los dos hombres estaban serenos e inmóviles, con los ojos fijos en el espacio, con el oído atento a los ruidos del desierto, con el dedo en el gatillo del rifle, dispuestos a hacer frente a la primera señal al enemigo invisible todavía, pero cuya aproximación y ataque inminentes adivinaban instintivamente.

De pronto el canadiense se estremeció y se inclinó con viveza hacia el suelo.