—¡Oh! exclamó enderezándose con ademan de terrible ansiedad, ¿qué sucede en el bosque?

Los rugidos del tigre estallaron como un trueno.

A ellos contestó un grito terrible, y se oyó el galope furibundo de un caballo que se acercaba con vertiginosa rapidez.

—¡Alerta! ¡Alerta! exclamó Tranquilo; alguien se halla en peligro de muerte, el tigre le persigue.

Los dos cazadores se lanzaron intrépidamente en dirección del sitio en que sonaban los rugidos.

El bosque entero parecía que se estremecía; ruidos inexplicables salían de las ignoradas guaridas, asemejándose unas veces a carcajadas burlonas, y otras a gritos de angustia.

Los roncos maullidos de los jaguares continuaban sin interrupción. El galope del caballo que los cazadores oyeron primero parecía que se había convertido en múltiple, y resonaba en puntos opuestos.

Los cazadores, anhelosos y fuera de sí, seguían corriendo en línea recta, saltando barrancos y zanjas con una rapidez aterradora; el terror que experimentaban por los desconocidos a quienes querían socorrer les prestaba alas.

De pronto, un grito de angustia más estridente, más desesperado que el primero, se oyó a corta distancia.

—¡Oh! ¡Es ella! ¡Es Carmela! exclamó Tranquilo poseído de una especie de vértigo.