Y saltando como una fiera, se lanzó hacia adelante seguido de Quoniam, quien durante toda aquella loca carrera no se había separado de él ni una línea.

De pronto reinó en el desierto un silencio de muerte; todo ruido, todo rumor había cesado como por encanto; solo se oía la respiración anhelosa de los cazadores que seguían corriendo.

Alzóse un rugido de furor lanzado por los tigres; un crujido de ramas agitó unos matorrales próximos, y una masa enorme, saltando desde lo alto de un árbol, pasó por encima del canadiense y desapareció; en el mismo instante un relámpago rasgó las tinieblas y sonó un tiro, al cual respondieron casi en seguida un rugido de agonía y un grito de espanto.

—¡Ánimo, niña! ¡Ánimo! exclamó una voz varonil y acentuada a poca distancia; ¡está V. salvada!

Los cazadores, por medio de un esfuerzo supremo de energía, apresuraron más aún la rapidez casi increíble ya de su carrera, y al fin desembocaron en el teatro de la lucha.

Entonces se ofreció ante su aterrada vista un espectáculo singular y terrible.

En una explanada bastante pequeña, una mujer desmayada estaba tendida en el suelo junto a un caballo herido que se agitaba en las últimas convulsiones de la agonía.

Aquella mujer estaba inmóvil, como muerta.

Dos tigrecillos jóvenes, acurrucados como gatos, fijaban en ella sus ojos ardientes y se disponían a atacarla; a pocos pasos de allí un tigre herido se revolcaba en el suelo rugiendo con furor, y procuraba arrojarse sobre un hombre que, con una rodilla en tierra, con el brazo izquierdo envuelto en los numerosos pliegues de un zarapé, echado hacia adelante y empuñando con la mano derecha un machete, esperaba resueltamente su ataque.

Detrás de aquel hombre, un caballo, con el cuello estirado, el hocico humeante y las orejas: tendidas hacia atrás, se estremecía lleno de terror afirmándose en sus cuatro remos; otro tigre, encaramado en la rama más fuerte de un árbol, fijaba una mirada ardiente en el jinete desmontado, azotando el aire con su poderosa cola y lanzando sordos maullidos.