Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir lo vieron los cazadores de una sola ojeada: con la rapidez del rayo y con un gesto de sublime sencillez se repartieron los puestos los atrevidos aventureros.

Mientras Quoniam se precipitaba sobre los dos cachorros, y cogiéndolos del cuello les estrellaba la cabeza en una roca, Tranquilo se echaba el rifle a la cara y derribaba de un tiro a la hembra del tigre precisamente en el momento en que desde el árbol se arrojaba sobre el jinete; luego, volviéndose con extremada viveza, mató de un culatazo al segundo tigre y lo tendió a sus pies.

—¡Ah! dijo el cazador con un sentimiento de orgullo, poniendo su rifle en el suelo y enjugándose la frente bañada en sudor frío.

—¡Vive! exclamó Quoniam, quien comprendió toda la angustia que encerraba la exclamación de su amigo; solo el terror la ha hecho desmayarse; pero está salvada.

El cazador se quitó lentamente el gorro, y alzando los ojos al cielo, murmuró con acento de indescriptible gratitud:

—¡Gracias! Dios mío.

Entre tanto, el jinete tan milagrosamente salvado por Tranquilo se adelantó hacia él, y tendiéndole la mano, le dijo:

—A cargo de revancha.

—Yo soy quien quedo en deuda con V., respondió con franqueza el cazador: a no ser por la sublime abnegación de V., hubiéramos llegado demasiado tarde.

—No he hecho más de lo que hubiera ejecutado cualquier otro en mi lugar.