—Puede ser. ¿El nombre de V., hermano?

—Corazón Leal[1]. ¿Y el de V.?

—Tranquilo. Desde hoy seremos amigos hasta la muerte.

—Acepto, hermano. Ahora pensemos en esa pobre joven.

Los dos hombres se estrecharon otra vez la mano y se acercaron a Carmela, a quien Quoniam prodigaba todos los auxilios imaginables sin lograr sacarla del profundo desmayo en que se hallaba sepultada.

Mientras Corazón Leal y Tranquilo sustituían a Quoniam junto a la joven, el negro se apresuró a reunir leña seca y encender fuego.

Sin embargo, al cabo de algunos minutos Carmela entreabrió los ojos, y muy luego se encontró bastante bien para explicar las causas de su presencia en aquel bosque, en vez de estar tranquilamente dormida en la venta del Potrero.

Este relato que, por razón de la debilidad de la joven y de las fuertes emociones que había experimentado, exigió varias horas, se le haremos nosotros al lector en breves palabras en el capítulo siguiente.

[1]Véanse los Tramperos del Arkansas.