[XVIII.]

LANZI.


Carmela siguió con la vista durante mucho tiempo la carrera desordenada del Jaguar por el campo. Cuando por fin le vio desaparecer a lo lejos en medio de un bosque, bajó tristemente la cabeza y volvió a entrar en la venta con lento paso y muy pensativa.

—Le aborrece, murmuró en voz baja y muy conmovida; le aborrece; ¿querrá salvarle?

Se dejó caer sobre un asiento, y durante algunos momentos quedó sumida en profundas reflexiones.

Al fin levantó la cabeza: un rubor febril teñía su rostro; sus ojos tan dulces parecía que despedían relámpagos.

—¡Yo le salvaré! exclamó con soberana resolución.

Después de esta exclamación se levantó, y atravesando la sala con presuroso paso, entreabrió la puerta del corral y gritó:

—¡Lanzi!