—¿Qué quiere V., niña? respondió el mestizo, que en aquel momento se ocupaba en dar alfalfa a dos caballos de mucho precio pertenecientes a la joven, y cuya custodia especial lo estaba confiada.
—Venga V.
—Allá voy al momento.
En efecto, al cabo de cinco minutos, todo lo más, apareció en la puerta de la sala.
—¿Qué desea V., Señorita? dijo con esa obsequiosidad tranquila, habitual en los criados mimados por sus amos; estoy muy ocupado en este momento.
—Es muy posible, mi buen Lanzi, respondió Carmela con dulzura; pero lo que tengo que decir a V. no admite dilación alguna.
—¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo con cierto tono de sorpresa, ¿pues qué sucede?
—Nada de particular, amigo mío, todo está en orden en la venta, según costumbre; solo que tengo que pedir a V. un favor.
—Un favor, ¿a mí?
—Sí.