—Hable V., Señorita; ya sabe V. que le pertenezco en cuerpo y alma.

—Va siendo tarde, y es probable que en una hora tan avanzada no se detenga ningún viajero en la venta.

El mestizo levantó la cabeza, calculó mentalmente la marcha del sol, y por fin dijo:

—No creo que vengan ya hoy viajeros; son cerca de las cuatro; sin embargo, aún podría suceder que viniesen.

—No hay motivo alguno para suponerlo.

—Es verdad, Señorita.

—Pues bien, entonces quisiera que cerrase V. la venta.

—¡Que cierre la venta! ¿Por qué?

—Voy a decírselo a V.

—¿Es realmente muy importante?