—Sí por cierto.
—Entonces hable V., niña, soy todo oídos.
La joven lanzó una mirada profunda e interrogadora al mestizo, que estaba de pie delante de ella, apoyó los codos con coquetería sobre una mesa, y dijo con tono indiferente:
—Tengo inquietud, Lanzi.
—¡Inquietud! ¿Por qué?
—Por la prolongada ausencia de mi padre.
—¡Cómo! Pues si apenas hace cuatro días que estuvo aquí.
—Nunca me ha dejado sola tanto tiempo.
—Sin embargo... dijo el mestizo rascándose la cabeza algo confuso.
—En resumen, dijo la joven interrumpiéndole con resolución, tengo inquietud por mi padre y quiero verle. Va V. a cerrar la venta y a ensillar los caballos, y nos iremos a la hacienda del Mezquite; no está lejos, y dentro de cuatro o cinco horas podremos hallarnos de regreso.