—Pero es muy tarde...

—Razón más para marcharnos al instante.

—Sin embargo...

—Nada de observaciones; haga V. lo que le mando.

El mestizo inclinó la cabeza sin responder; sabía que cuando su ama hablaba así, era preciso obedecer.

La joven adelantó un paso, puso su mano blanca y delicada sobre el hombro del mestizo, y acercándole su cara fresca y preciosa, añadió con una sonrisa dulce que hizo estremecer de alegría al pobre diablo:

—No se incomode V. por este capricho, mi buen Lanzi: ¡sufro mucho!

—¡Incomodarme yo, niña! respondió el mestizo encogiéndose de hombros de una manera significativa: ¡eh! ¿No sabe V. que yo me echaría al fuego por V.? Con mayor motivo haré cuanto se le ponga en la cabeza.

Entonces se ocupó con la mayor celeridad en atrancar con cuidado las puertas y las ventanas de la venta, y en seguida se volvió al corral a ensillar los caballos, mientras que Carmela, poseída de una impaciencia nerviosa, se quitaba el traje que tenía puesto y vestía otro más cómodo para el viaje que proyectaba, porque había engañado al anciano criado: no era al lado de Tranquilo a donde quería ir.

Pero Dios había resuelto que el proyecto que agitaba en su traviesa cabeza rubia no alcanzase buen éxito.