En el momento en que Carmela, completamente vestida y dispuesta para montar a caballo, entraba de nuevo en la sala, Lanzi apareció en la puerta que daba al corral con el semblante trastornado por el terror.
Carmela corrió presurosa hacia él creyendo que se había hecho daño, y le preguntó con interés:
—¿Qué tiene V.?
—¡Estamos perdidos! respondió Lanzi con voz sorda, dirigiendo en torno suyo una mirada de espanto.
—¡Cómo, perdidos! exclamó la joven tornándose pálida como un cadáver; ¿qué quiere usted decir, amigo mío?
El mestizo apoyó un dedo en sus labios para: imponerla silencio; la hizo seña de que le siguiese, y se deslizó al corral con cauteloso paso.
Carmela salió detrás de él.
El corral estaba rodeado por un cercado de tablas de unos dos metros de altura. Lanzi se acercó a un sitio en que había una rendija bastante ancha por donde se podía ver el campo, y señalándosela a su ama, le dijo:
—¡Mire V.!
La joven obedeció y pegó su rostro a las tablas.