Comenzaba a anochecer, y las tinieblas, a cada momento más densas, invadían rápidamente el campo. Sin embargo, la oscuridad no era todavía suficiente para impedir que Carmela distinguiese a algunos centenares de metros una tropa numerosa de jinetes que corrían a rienda suelta en dirección a la venta.

Bastóle a la joven una simple ojeada para conocer que aquellos Jinetes eran indios bravos.

Aquellos guerreros, en número de cincuenta, vestían su traje completo de combate, e inclinados sobre el cuello de sus corceles, tan indómitos como ellos, blandían sus largas lanzas por encima de sus cabezas en señal de reto.

—¡Son los Apaches! exclamó Carmela retrocediendo llena de espanto. ¿Cómo es que han llegado hasta aquí sin que se haya tenido noticia de su invasión?

El mestizo movió tristemente la cabeza, y dijo:

—Dentro de pocos minutos estarán aquí: ¿qué hacemos?

—¡Defendernos! exclamó resueltamente la joven. Parece que no tienen armas de fuego; nosotros, guarecidos detrás de las paredes de nuestra casa, podremos sostenernos fácilmente contra ellos hasta la salida del sol.

—¿Y entonces? preguntó él mestizo en tono de duda.

—Entonces, repuso Carmela con exaltación, ¡Dios nos ayudará!

—¡Amén! respondió el mestizo menos convencido que nunca de la posibilidad de tal milagro.