—Apresúrese V. a bajar a la sala todas las armas de fuego que hay en casa, que quizás esos paganos retrocederán si se ven recibidos con energía; además, ¿quién sabe si nos atacarán?

—¡Eh! Esos demonios son muy astutos, y saben muy bien la gente que hay en la casa. No cuente V. con que se retiren sin haberse apoderado de la venta.

—¡Pues bien! exclamó Carmela resueltamente, ¡sea lo que Dios quiera! Moriremos peleando con valor, en vez de dejarnos coger cobardemente y ser esclavos de esos miserables sin corazón y sin piedad.

—¡Corriente! respondió el mestizo electrizado por las palabras entusiastas de su ama, ¡batalla! Ya sabe V., Señorita, que no me asusta un combate; que se tengan firmes esos perros, porque si no se andan con cuidado, ¡quizás les juegue yo una mala pasada de la cual se acuerden durante toda su vida!

La conversación quedó en esto por el momento, en atención a la necesidad en que nuestros personajes se encontraban de preparar sus medios de defensa, lo cual verificaron con una celeridad y una inteligencia, que demostraban que no era aquella la primera vez que se encontraban en tan crítica posición.

No se sorprenda el lector al ver el viril entusiasmo desplegado en aquella ocasión por Carmela: en las fronteras, en donde de continuo se hallan expuestos a las incursiones de los indios y de los merodeadores de todas clases, las mujeres pelean al lado de los hombres, y olvidando la debilidad de su sexo, cuando llega la ocasión, saben mostrarse tan valientes como sus hermanos y sus maridos.

Carmela no se había equivocado: era un destacamento de indios bravos el que llegaba a galope. Muy pronto estuvieron junto a la casa y la rodearon por completo.

Generalmente, los indios, en sus expediciones, proceden con suma prudencia, sin mostrarse nunca a descubierto ni avanzar sino con extremada circunspección: en esta ocasión fácil era conocer que se juzgaban seguros del triunfo y que sabían perfectamente que la venta se hallaba desprovista de defensores.

Cuando hubieron llegado a unos veinte metros de la casa, se detuvieron, echaron pie a tierra, y pareció que se consultaban unos a otros un instante.

Lanzi había aprovechado aquellos instantes de tregua para amontonar sobre la mesa de la sala todas las armas de la casa, es decir, unas diez carabinas.