Aunque las puertas y las ventanas estaban sólidamente atrancadas, merced a las numerosas aspilleras abiertas de trecho en trecho, era fácil observar los movimientos del enemigo.

Carmela, armada con una carabina, se había colocado con intrepidez delante de la puerta, mientras que el mestizo, con semblante preocupado, andaba de un lado para otro, entraba y salía, y parecía que daba la última mano a un trabajo importante y misterioso.

—Vamos, dijo al cabo de un instante, ya está todo corriente. Vuelva V. a poner esa carabina sobre la mesa, Señorita: no es con la fuerza, sino únicamente por medio de la astucia como podemos vencer a esos demonios. Déjeme V. obrar.

—¿Cuál es el proyecto de V.?

—Ya lo verá V. He serrado dos tablas del cercado del corral; monte V. a caballo, y tan luego como me oiga abrir la puerta de la venta, márchese a escape tendido.

—Pero ¿y V.?

—No se cuide V. de mí, sino clave las espuelas a su caballo.

—No quiero abandonar a V.

—¡Bah! ¡Bah! No andemos en tonterías; soy viejo, mi vida está ya en un hilo, la de V. es preciosa, es menester salvarla. Déjeme obrar a mi antojo, le digo.

—No, a no ser que me diga V...