—Ahí están los indios. Salga V. y no olvide marchar a escape tendido en cuanto yo abra la puerta, y dirigirse al Vado del Venado.
—Pero cuento con que...
—Ande V., ande V.; queda convenido, dijo Lanzi interrumpiéndola bruscamente y empujándola hacia el corral.
La joven obedeció de muy mala gana; pero en aquel momento resonaron en la puerta de la venta algunos golpes precipitados, y el mestizo aprovechó esta demostración de los indios para cerrar la puerta del corral.
—He jurado a Tranquilo protegerla, suceda lo que quiera, murmuró, y no puedo salvarla sino muriendo por ella. Pues bien, ¡moriré! Pero vive Dios que he de hacerme unos funerales magníficos.
Llamaron de nuevo en la puerta; pero esta vez con tal violencia, que era fácil prever que no resistirían por mucho tiempo las tablas.
—¿Quién está ahí? preguntó el mestizo con voz serena.
—Gente de paz, respondieron desde fuera.
—¡Cáspita! dijo Lanzi, para ser gente de paz tienen VV. una manera singular de anunciarse.
—¡Abra V.! ¡Abra V.! repuso la voz desde fuera.