—¡Agua de fuego! gritaron los indios.
Lanzi se apresuró a servirles. Comenzó la orgía.
Los pieles rojas, sabiendo que nada tenían que temer por parte de los habitantes de la venta, tan luego como se abrió la puerta, se precipitaron en tropel dentro de la sala, juzgando innecesario el colocar centinelas: este descuido, con el cual contaba Lanzi, facilitó a Carmela el que se alejase sin ser vista ni molestada.
Los indios, y sobre todo los Apaches, tienen una pasión desenfrenada por los licores fuertes: entre todos ellos, solo los Comanches tienen una sobriedad a toda prueba. Hasta ahora han sabido librarse de esa tendencia funesta a la embriaguez, que diezma y embrutece a sus compatriotas.
Lanzi observaba con sorna las evoluciones de los pieles rojas que, aglomerados en torno de las mesas, bebían sendos tragos y vaciaban a porfía las botas colocadas delante de ellos; los ojos de los indios comenzaban a brillar; sus facciones se animaban; hablaban desaforadamente todos a un tiempo sin saber ya lo que decían y sin pensar más que en emborracharse.
De pronto el mestizo sintió que le ponían una mano en el hombro.
Se volvió.
Un indio estaba de pie en frente de él con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Qué quiere V.? le preguntó.
—El Zorro-Azul es un jefe, respondió el indio, y tiene que hablar con el rostro pálido.