—¿Y de Lanzi, de mi pobre Lanzi, no han tenido VV. más noticias?

—Ninguna. Hemos oído dos tiros, el galope furioso de varios caballos, el grito de guerra de los Apaches, y luego todo ha vuelto a quedar silencioso.

—¿Qué habrá sido de él? murmuró con tristeza el tigrero.

—Es un hombre resuelto, y me parece que conoce la vida del desierto, repuso Corazón Leal.

—Sí, replicó Tranquilo; pero está solo.

—Es verdad, dijo el cazador, y solo contra cincuenta quizás.

—¡Oh! exclamó el canadiense, daría diez años de mi vida por tener noticias suyas.

—¡Cáspita, compadre! exclamó una voz gozosa, yo se las traigo a V. muy fresquitas, y nada le pido por ellas.

Los circunstantes no pudieron menos de estremecerse al oír aquella voz, y se volvieron con viveza hacia el lado en que había sonado.

Apartáronse las ramas y apareció un hombre.