Era Lanzi.
El mestizo parecía estar tan tranquilo y tan descansado como si nada le hubiese sucedido; solo que su semblante, por lo general frío y aún de mal gesto, tenía una expresión de alegría burlona inexplicable, sus ojos chispeaban, y una sonrisa irónica vagaba por sus labios.
—¡Pardiez! amigo mío, dijo Tranquilo tendiéndole la mano, sea V. mil veces bienvenido entre nosotros: estábamos con suma inquietud por su suerte.
—Doy a V. gracias, compadre; pero, afortunadamente para mí, el peligro no era tan inminente como se hubiera podido suponer, y he conseguido desembarazarme con bastante facilidad de esos demonios de Apaches.
—¡Tanto mejor! Importa muy poco la manera en que haya V. conseguido escaparse. Está V. sano y salvo, y eso es lo principal. Ahora que estamos reunidos, ya pueden venir si gustan, que encontrarán con quien entenderse.
—No harán tal. Además, tienen otra cosa que hacer en este momento.
—¿Eso cree V.?
—Estoy seguro de ello. Han visto un campamento de soldados mejicanos que van escoltando una conducta de plata, y como es natural, intentan apoderarse de ella, tanto que a esa circunstancia enteramente fortuita debo yo en parte mi salvación.
—¡Eh! Tanto peor para los mejicanos, dijo con indiferencia el canadiense, cada cual para sí y Dios para todos. Que se arreglen como puedan, que no nos importan sus asuntos.
—Eso mismo pienso yo.