—Todavía nos quedan tres horas de noche: aprovechémoslas para descansar, con el fin de estar dispuestos para encaminarnos a la hacienda en cuanto salga el sol.

—El consejo es bueno y debe seguirse, dijo Lanzi, quien se tendió inmediatamente con los pies junto al fuego, se envolvió en su zarapé y cerró los ojos.

Corazón Leal, que sin duda opinaba del mismo modo, siguió su ejemplo.

En cuanto a Quoniam, después de haber desollado concienzudamente los tigres y sus cachorros, se había tendido delante del fuego, y hacía dos horas que dormía con un sueño profundo y con esa indiferencia indolente que caracteriza a la raza negra.

Tranquilo se volvió entonces hacia Carmela. La joven estaba sentada a pocos pasos de él; miraba al fuego con ademán pensativo y en sus ojos brillaban algunas lágrimas.

—¡Vamos, niña! le dijo el canadiense con dulzura, ¿qué haces ahí? Debes estar molida de cansancio; ¿por qué no tratas de descansar un rato?

—¿Para qué? murmuró Carmela con tristeza.

—¿Para qué? repuso con viveza el tigrero, a quien el acento de la joven hizo estremecer; ¿para qué ha de ser? Para que recobres tus fuerzas.

—Déjeme V. velar, padre; no podría dormir por mucho cansancio que tenga; el sueño huiría de mis párpados.

El canadiense la examinó un instante con la mayor atención, y luego moviendo la cabeza con visible preocupación, dijo: