—¿Qué significa eso?

—Nada, padre mío, respondió Carmela procurando sonreír.

—¡Niña! ¡Niña! murmuró Tranquilo, ¡aquí hay algo! Yo no soy más que un pobre cazador, muy ignorante respecto de las cosas del mundo y sin malicia alguna. Pero te quiero, hija mía, y mi corazón me dice que sufres.

—¡Yo! exclamó Carmela haciendo un gesto negativo.

Pero de improviso prorrumpió en llanto, y reclinándose en el pecho leal del cazador, ocultó allí su cabeza y murmuró con voz ahogada:

—¡Ah! ¡Padre! ¡Padre! ¡Soy muy desgraciada!

Tranquilo, al oír esta exclamación arrancada por la fuerza del dolor, se enderezó como si una serpiente le hubiese picado; sus ojos chispearon, fijó en la joven una mirada impregnada en amor paternal, y obligándola suavemente a que le mirase de frente, exclamó con ansiedad:

—¿Desgraciada, tú, Carmela? ¡Qué ha pasado, Dios mío!

La joven, haciendo un esfuerzo supremo, logró calmarse; sus facciones recobraron su habitual mansedumbre, enjugó sus lágrimas, y sonriendo al cazador que la miraba con inquietud, le dijo con voz zalamera:

—Perdóneme V., padre mío, estoy loca.