—Y por consiguiente, del capitán Melendez, ¿verdad?
—Sí, y aún estoy segura de que pronunciaron su nombre.
—Eso es. Y entonces supusiste que el Jaguar tenía intención de atacar la conducta y dar muerte al capitán, ¿verdad?
—¡No digo eso, padre mío! repuso la joven balbuceando y muy desconcertada.
—No, pero lo temes.
—¡Dios mío! repuso Carmela con cierto gestecillo de mal humor, ¿no es natural que me interese por un valiente oficial que...?
—Es muy natural, hija mía, no te lo censuro; aun diré más, y es que, según creo, tus suposiciones se acercan mucho a la verdad; con que así no te enfades.
—¿Lo cree V., padre? exclamó la joven juntando las manos con terror.
—Es muy probable, repuso tranquilamente el canadiense. Pero sosiégate, hija mía, añadió con tono bondadoso; aunque hayas tardado acaso demasiado en hablarme, quizás lograré apartar el peligro que en este momento amenaza al hombre por quien tanto te interesas.
—¡Oh! Haga V. eso, padre mío, ¡se lo suplico!